El psicólogo escolar: ¿un pelito más en la sopa educacional?

Una de las conclusiones del enfoque sistémico es que el todo es más que la suma de las partes. Bajo esta perspectiva, la escuela sería una propiedad emergente que resultaría de la interacción entre el alumnado, los docentes y el equipo directivo. A esto habría que agregarle un "cuarto" componente: el psicólogo. Una de las preguntas interesantes sobre el rol del psicólogo es quién demanda sus servicios. En lo que se observa normalmente, los principales demandantes de los servicios de este profesional son los docentes. No lo demandan directamente para resolver problemas que los propios docentes estén experimentando en sí mismos, sino para resolverle problemas que sus alumnos estén expresando y que, en opinión del profesor, debe ser un caso que tome el psicólogo. Y no me referiré aquí a los famosos problemas de déficit atencional, un fenómeno altamente polémico, sino a los problemas asociados a la noción de conflicto. En este caso, el psicólogo es llamado a "devolver el equilibrio" para que el docente pueda realizar sus funciones de manera apropiada. Al respecto hay que señalar varias cuestiones relevantes. Primero, el psicólogo en la escuela forma parte de una red de relaciones en la que no está claramente establecido si su rol es de facilitador de cambio o si es una especie de terapeuta escolar que atiende demandas puntuales. Segundo, el psicólogo es apoyado en la medida que es funcional a los intereses de sus "clientes". Cuando este profesional intenta intervenir de un modo más proactivo en esta red relacional, normalmente es rechazado o sus puntos de vista son muy poco considerados por cuanto pone en la polémica la "obviedad" del "diagnóstico" docente. Esto pone de relieve tanto el conflicto de interés entre docentes y alumnos, como también entre docentes y psicólogo, además de agregarle la complejidad emocional que este proceso involucra. Tercero, aún cuando se definiera un rol de facilitador y promotor de cambio, la ambigüedad persiste, ya que no está establecido qué tipo de cambio debería facilitar. Cuarto, las limitaciones de tiempo, habida consideración de que en la mayoría de los casos la jornada laboral es menos de la mitad, son una seria dificultad, puesto que la evidencia muestra que ese escaso tiempo está más destinado a la evaluación y a la intervención clínica que al desarrollo de mejoras relacionales entre los actores educativos, lo que por cierto no excluye a los padres y apoderados. Quinto, las dificultades anteriores redundan en una deficiencia sustantiva en materia de prevención, en la necesidad de trabajar en equipo con docentes y directivos, y asimismo, en un cambio en la focalización desde lo psicológico a lo psicoeducacional. El decreto N° 363 del Ministerio de Educación, en la forma, plantea una visión bastante amplia del rol del psicólogo tanto en el nivel del conocimiento como en el nivel de la ejecución práctica, pero la evidencia expresa que los psicólogos están bastante más concentrados en el diagnóstico y tratamiento que en la contribución a la mejora del sistema educativo en su conjunto. También hay que agregar que a este fenómeno indeseable concurren otros problemas de fondo, tal como la insuficiente preparación formativa de muchos psicólogos en el ámbito educativo junto con una extraordinaria insuficiencia en materia de investigación asociada (que paradojalmente está incluida en el decreto aludido como parte de las funciones del psicólogo escolar). En teoría se podría esperar que, desde una perspectiva sistémica, el estudiante sea entendido en un contexto intersistemas: familia y escuela. El niño como foco de una red relacional que posee una dinámica de cambio y desarrollo y que se influyen recíprocamente. Esto traería como consecuencia una posición de intervención situacional en vez de centrarla en el individuo y con una ejecución entramada de actores articulados que se involucran en el proceso formativo del estudiante. En este contexto, se requiere que el psicólogo se defina a sí mismo como una parte de un sistema mayor y desde una posición de colaborador entre pares, pues de lo contrario, si el profesional no hace esta "aclaración"de entrada, arriesga a convertirse en un simple factor homeostático que restablece equilibrios funcionales y que, lo peor de todo, confirma el sistema imperante en donde su función es meramente "clínica" en función del interés de sus "clientes". La posición anterior pone de manifiesto otros factores cruciales: ¿Es el psicólogo un individuo empoderado? ¿Posee habilidades de relación que lo posicionen sino como líder en algunas situaciones, como un componente relevante dentro del sistema de mejora? ¿Es este profesional un individuo que posee claridad conceptual de su rol contributivo y facilitador de cambio? ¿Su formación es lo suficientemente idónea para hacer aportes sustanciales en los cambios de paradigmas que se requieren en la educación actual? ¿Posee capacidades de influencia y seguridad personal que lo hagan ser escuchado y seguido en sus posiciones? ¿Tiene habilidades para expresar su descontento en forma constructiva? Todas estas preguntas apuntan hacia tanto los aspectos formativos, que son responsabilidad de las escuelas de psicología, como a los aspectos personales e interpersonales de los profesionales que laboran en el ámbito educativo. No debe olvidarse que la experiencia muestra que en los casos de conflicto escolar, la mayoría de las veces los docentes ven al estudiante como un individuo aislado de sus contextos y, en algunos casos agregan como causa a la familia, que en general tampoco queda bien parada. El prejuicio es un factor usual dentro de la argumentación y las connotaciones y, en muchas ocasiones el estudiante conflictivo no es responsablemente consensuado como tal entre los propios docentes. El psicólogo se ve enfrentado a una situación que lo debe hacer confirmar la validez pedagógica del "diagnóstico" docente y "hacerse cargo" del "paciente" y, a la pasada, eximir de toda responsabilidad al docente. Con ello no hace más que ratificar el status quo. Esto se reafirma adicionalmente cuando el psicólogo no logra "cambiar" al sujeto conflictivo, ya que el docente argumenta que si el psicólogo no pudo por qué el tendría que poder cambiarlo. Inclusive, hay otros aspectos "invisibles" que muchas veces se encuentran tras un conflicto escolar. En ocasiones se observa que un alumno conflictivo no es más que un chivo expiatorio de rencillas encubiertas entre docentes o entre docentes y directivos. Hace más de veinte años atrás Mara Selvini escribía en su libro El Mago sin Magia, que al psicólogo en la escuela se le "dota" de poderes mágicos, y se espera que él arregle lo que los demás no pueden. Yo diría más bien que muchos psicólogos que laboran en el ambiente educativo ven su ego favorecido con esta "dotación" y terminan fracasando en su gestión. Y este es un problema atribuible al psicólogo más que a los demás. Otro problema "invisible", que se da en el mejor de los casos, cuando hay disputas conceptuales entre psicólogo y docentes, es la lucha de arrogancias entre psicólogos y maestros. Hoy día, dados los gruesos problemas de formación y la falta de investigación, se ha visto enriquecida la arrogancia docente, puesto que el psicólogo tiene pocas y malas herramientas, lo que lo expone al velado ridículo por parte de directivos y docentes, y no porque los docentes y directivos posean más herramientas o conocimientos, sino sencillamente por el fracaso, la poca autovaloración y dependencia laboral del psicólogo. En definitiva, todos estos factores terminan siendo un grueso entramado que oculta y a la vez diluye el necesario cuestionamiento y autocrítica que requiere la escuela a través de sus miembros. En este contexto, el psicólogo se convierte en un velado cómplice. Si trabaja funcionalmente de acuerdo con los intereses de los docentes, entonces todos ven confirmado su modelo de trabajo. Si no lo hace, es un incompetente. Vaya paradoja en la que termina atrapado. De cualquier modo, los requerimientos que plantea el decreto ministerial, la jornada de trabajo que opera como factor reduccionista del rol asesor del psicólogo, la pésima formación académica en este ámbito que proveen las escuelas de psicología y la peor formación de habilidades personales e interpersonales que son críticas para el éxito del posicionamiento del profesional en la escuela actual, junto a problemas de desvaloración, arrogancias y resistencias al cambio, conforman un cuadro patológico que implica más que un decreto con funciones teóricas imposibles de operacionalizar en la práctica y media jornada laboral para ser sanado en profundidad y salir del actual status quo. No obstante tratarse de un problema de complejidad, los factores que para mí tienen una importancia crítica están relacionados fuertemente con las capacidades y habilidades del psicólogo. El caminar con un amplio repertorio de estrategias es una de las claves más relevantes para el éxito en la definición del rol y el logro del genuino respeto profesional. El psicólogo, desde su función asesora debe contribuir a la mejora de la calidad docente con su participación en los equipos pertinentes. Estos aportes pueden ir desde las relaciones con los alumnos y sus familias, la metodología, el apoyo en procesos de metacognición, la elaboración y/o selección de material didáctico, la planificación, la evaluación, la atención, los procesos de inclusión, solidaridad, aceptación de la diversidad, la reflexión, formación, hasta la gestión del estrés de los propios profesores. Las estrategias que el psicólogo utilice en este ámbito son críticas para que la comunidad escolar, y especialmente los docentes, no lo cataloguen como un "teórico que no sabe lo que es estar en el campo de batalla con los alumnos y familias" y, al revés, lo sientan un apoyo que impulsa a la mejora y ayuda con aportes válidos para mejorar. En esto, se mezclan conocimientos y habilidades que requieren de un fuerte temple y carácter, perseverancia y actitud optimista, todos aspectos que el psicólogo necesita importar y luego modelar y distribuir en la misma escuela.
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