Este artículo es crítico, y aunque no pretende negar los avances en materia de programas de promoción, se focaliza conscientemente en algunas observaciones negativas que no parecen ser triviales y que, en mi entender, merecen ser consideradas en programas de esta naturaleza, por cuanto, el avance puede ser cualitativamente mejor, ya que los recursos para ello están disponibles. La idea es instalar la discusión, sin defensas ni antagonismos, sino simplemente reconocer que en todas partes existen estos problemas, en mayor o menor grado, y que es preciso resolverlos.
He estado trabajando en asesorías a microempresas durante este último tiempo en Chile. Varias reflexiones emergen a partir de ese trabajo. Veamos:
La primera gran observación que el trabajo de terreno me ha brindado es que el término "microempresa" es un eufemismo que siembra, en la práctica cultural de la población y de los propios "microempresarios" una pseudo protección psicológica, que se va convirtiendo en un respaldo de los participantes para exigir más y más protecciones de diversa índole a las instituciones públicas. Ser microempresario, en la gran mayoría de los casos, es un rótulo, una etiqueta que por sí misma pone en un rol de "victima" al microempresario, que alega ignorancia, exige comprensión y le da ciertas licencias para no hacer ni pensar seriamente en la responsabilidad que debería asumir.
No hay en esta reflexión un ánimo de descalificar al microempresario, sino más bien poner de relieve la debilidad de las políticas públicas en sus aspectos operacionales. Es cierto que la experiencia es un factor que irá instalando y posicionando nuevos hábitos hasta que, en algún momento, podamos hablar de empresarios, más allá del tamaño de la empresa y esencialmente centrados en su carácter y gestión empresarial real. Pero, también es cierto que lo obrado en materia de programas de apoyo adolece de serias deficiencias metodológicas, entre las cuales cabe consignar el excesivo foco en las cifras de planes de negocio y no considerar las variables o factores de tipo emocional y/o habilidades de emprendimiento necesarias para que los recursos públicos obtengan retornos viables en el tiempo y efectivamente mejoren la calidad de vida y bienestar social.
La segunda observación que me causó interés es la distinción entre jóvenes y adultos, que se traduce en un prejuicio inútil y pernicioso para sacar adelante los objetivos de programas de esta naturaleza. Al joven se le considera un ser inacabado, transitorio y en proceso de maduración, mientras que al adulto se le considera "maduro", con la serenidad y sabiduría que asegura resultados. No parece haber reflexión seria en este sentido. La verdad es que la dicotomía joven-adulto es una cuestión dialéctica, pero que por lo mismo, contiene una ley de desarrollo desigual. Es decir, podemos encontrar jóvenes con gran madurez para resolver y tomar decisiones relevantes de vida y a la vez, adultos con gran carencia de capacidad decisora. Hacer esta distinción y crear programas "especializados" en adultos versus jóvenes no es más que un serio grado de ignorancia dentro de la política pública. Un programa eficaz de microempresas no debe hacer estas distinciones y evaluar seriamente las capacidades de cada quien para decidir y responsabilizarse por la idea y proyecto que propone. Esto es especialmente grave cuando escuchamos de parte de las autoridades que los jóvenes son la promesa del futuro, pero a la vez se les trata como seres carentes, ignorantes y transitorios.
En la práctica, las acciones propuestas por los programas públicos para jóvenes emprendedores habla más de lo que realmente piensan los diseñadores de dichos programas que de la realidad que caracteriza a los jóvenes en los distintos contextos culturales.
La tercera observación que me llama la atención es que la categoría "microempresa" no hace más que crear una ilusión de algo eficaz, manejable, racional, mientras que a la vez esconde la informalidad, la discontinuidad operativa, la inflexibilidad cultural, la vulnerabilidad social y psicológica, la multiplicidad de propósitos, la falta de claridad conceptual y técnica, todos factores que de un u otro modo están fuertemente ligados al manejo y gestión emocional en conjunción con la racionalidad de un proyecto. En la práctica, la distinción "microempresa" se utiliza para no exigir lo que a una mediana o gran empresa sí se le exige. Creo que los recursos públicos tendrían un valor social real si se prepararan a potenciales microempresarios para asumir responsabilidades de empresa y no se dedicaran estos esfuerzos a brindar subsidios de subsistencia con otro nombre, que en la práctica no generarán retornos ni crecimiento ni desarrollo al país.
La real sustentabilidad del desarrollo a través de recursos públicos asignados con tanta ignorancia es prácticamente imposible, salvos contados casos. Los enfoques de rural-urbano, enfoques de género, se convierten así en enfoques que ocultan la verdadera realidad de lo que se debe hacer para generar resultados que se vayan consolidando en el tiempo. Las microempresas terminan en un estado que no sabemos si realmente constituyen un mecanismo de promoción social o de segregación que no elimina la vulnerabilidad, sino que la confirma y la desarrolla, y lo que es peor, botando nuestros impuestos.
Vemos entonces que todos los programas están más subordinados al problema del desempleo, que por cierto merece atención pero de otros modos, que a la creación de riqueza y bienestar efectivo y de largo plazo.
Un ejemplo vivo de todo lo anterior se observa cuando al seguir de cerca las experiencias de microempresas, los "microempresarios" no cambian rutinas fundamentales que devienen de su propia historia, tales como ser dispersos an su actuar, no cumplir sus compromisos, tendencia a actuar aisladamente y desconfiar de las redes, poco cuidado de los ingresos y costos, creencia de que el excesivo gasto actual será compensado con más ingresos futuros, potenciar la discriminación al considerarse a sí mismos egocéntricamente como "empresarios" en relación a otros y subvalorarlos, tender a contratar (en los pocos casos que impactan al mercado laboral) a personas de características propias del mercado muy formal, olvidándose de su propio origen, etc.
MIRADA SISTEMICA










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