Una Mirada Ampliada a las Adicciones: Los circuitos del placer

 

El aprendizaje a través del método placer-recompensa implica una serie de cambios permanentes en nuestro cerebro. Este sistema es el que a través de las generaciones evolutivas ha permitido vivir en entornos hostiles y variables, mediante el deseo, la búsqueda y la exploración. Sin embargo, las conductas adictivas derivadas de este aprendizaje van en contra del propio instinto de supervivencia. Esta es una paradoja aparente, y puede deberse a que nuestro sistema placer-recompensa sea imperfecto y se vuelva en contra nuestra en una sociedad de abundancia y sin grandes retos.

Desde el punto de vista biológico, nuestra tendencia a ser adictos a algo, sea ésta una sustancia o una actividad, podría estar llenando el vacío que dejó la necesidad de sobrevivir en un entorno desfavorable. Parece que cubriendo nuestras necesidades básicas nos queda una cierta inercia biológica que nos impide hallar placer por nosotros mismos. Desde esta perspectiva, la adicción debería mirarse desde una perspectiva más amplia que la simple patología.

Una de las teorías respecto a cómo y por qué sentimos placer en el cerebro señala que, después de alcanzar objetivos inherentes tales como el sexo y la comida, los niveles de dopamina aumentan en el cerebro, pero también existen muchas pruebas de que la dopamina también se incrementa cuando estamos frente a objetivos no inherentes o naturales, como las drogas. Cuando este neurotransmisor químico aumenta su nivel en el cerebro, suele estar acompañado ese incremento con una sensación de placer o una sensación de euforia. Este placer es como un sistema de recompensa que posee el cerebro para hacer que repitamos las acciones que, teóricamente, nos benefician.

Hay que aclarar que los circuitos del placer son extraordinariamente necesarios para inducir la alimentación y la sexualidad. Si no obtuviéramos recompensa por ello (placer), simplemente no lo realizaríamos, poniendo en riesgo la supervivencia de la especie. De manera que se trata de un sistema que nos condiciona de una manera muy poderosa para obtener las respuestas requeridas. Esto quiere decir que no nos alimentaríamos ni tendríamos descendientes si no hubiera placer en ambas circunstancias. Nuestra conducta estará controlada en último término por la búsqueda y consecución de estímulos agradables y la evitación de estímulos desagradables. El sistema límbico, al activar los circuitos del placer y desactivando los circuitos del displacer o malestar van a condicionar nuestra conducta y van a conseguir la supervivencia de la especie.

También es preciso aclarar que este sistema y los circuitos del placer y displacer están preparados para ser estimulados por estímulos naturales, como el alimento, el agua y el sexo, pero no lo están para ser estimulados de un modo indirecto a través de químicos y reactivos tales como las drogas.

Cuando se consumen sustancias tales como las opiáceas o el alcohol, la persona se siente bien al consumirlas, pero además se siente mal de no consumirlas. Y esto es paradojal, ya que se da la ley del rendimiento decreciente, es decir, mientras más drogas se consumen, menos efectos positivos se consiguen de ellas. Esto lleva a un mayor consumo para conseguir el mismo efecto, porque el cerebro se adapta y desarrolla una tolerancia a esa sustancia, y entonces, el no contar con la droga lleva a una sensación de abstinencia que es equivalente a la de no tener hambre; y en ese instante, ya se está consumiendo droga no ya para adquirir una recompensa positiva, sino por el contrario, para quitar esa sensación negativa de abstinencia. Esto implica una diferencia fundamental en relación a la preparación natural que tienen los centros del placer en el cerebro. Una adicción a las drogas desarrollará una adaptación cerebral a este nuevo estímulo, mientras que la conducta alimentaria, el beber agua y el sexo no producen ninguna adaptación, ya que el organismo está preparado y adaptado para ello. Por definición, la adaptación corresponde a un fenómeno de homeostasis, es decir de búsqueda de equilibrio en presencia de algo que es extraño. Dado que el sexo, el alimento y el agua no son extraños, no es necesaria adaptación o búsqueda de equilibrio nuevo, ya que ellos son capaces de liberar naturalmente la dopamina y producir el placer. En cambio, la droga, es equivalente a activar la vía del placer con un mazazo, para lo cual ningún mecanismo del placer está preparado, como sí lo está el corazón y sus latidos inciertos, que constituyen la adaptación natural para recibir cualquier sorpresa y reaccionar adecuadamente.

La cocaína y las anfetaminas son drogas que actúan directamente sobre el cerebro aumentando la producción de dopamina, o la reabsorción de dopamina por parte de las neuronas. Pero la heroína y la morfina no actúan del mismo modo. La heroína tiene su propio receptor molecular en el cerebro (el receptor de opiáceos Mu). Así que cuando se consume heroína o morfina, su blanco primario es ese receptor y llega a él. ¿Dónde están estos receptores? El problema es que estos receptores están ubicados en el mismo sistema que también regula los niveles de la dopamina. De manera que cuando la morfina se liga a su receptor, indirectamente también aumentan los niveles de dopamina, que es lo mismo que ocurre con la nicotina.

Si no dejamos de tener sexo ni comer es porque esto tiene que ver con las vías de recompensa que posee nuestro cerebro, pero el problema es que estas vías también se estimulan con sustancias externas que interfieren y desencadenan sensaciones físicas y psicológicas placenteras en los individuos que las convierten en adictivas. La cocaína es de los más potentes estimulantes, produciendo excitación, estado de alerta, una intensa sensación de poder, euforia y desinhibición extrema. Su principal acción en las vías de recompensa es la de bloquear la recaptación de dopamina, el neurotransmisor clave de los centros cerebrales del placer. Esto llevaría a un incremento de los niveles de dopamina entre neuronas, lo que causaría la sensación de euforia. Algo similar ocurre con la nicotina, ya que ésta se une a los receptores de la dopamina y estimula así las vías de recompensa mediadas por este neurotransmisor. De aquí la sensación de placer que inunda al fumador tras unas pitadas. La nicotina, además provoca la liberación de adrenalina en el organismo, de tal manera que esta hormona mantiene al individuo en un estado de alerta y preparado para situaciones de peligro. Otro potente estimulante es la cafeína. La cafeína se fija a los receptores de adenosina, neurotransmisor que reduce la actividad nerviosa impidiendo así la relajación previa al sueño. El organismo así, entra en un estado de alerta que se acompaña de la liberación de adrenalina, lo que mantiene la tensión en músculos y cerebro. La cafeína también manipula la producción de dopamina, revistiendo los demás efectos de una sensación de bienestar.

La marihuana, en cualquiera de sus formas, a través de sus canabinoides, muy similares a los canabinoides que existen en algunas zonas del cerebro, controlan los procesos relacionados con el aprendizaje, la memoria, la atenuación del dolor, las vías sensoriales o la coordinación motora. El canabinoide de la marihuana interfiere en las vías de los canabinoides internos, pero sin control, y altera los sentidos, a la vez que se desencadena una sensación placentera. Cuanto más potente y más efectiva sea la acción de la sustancia en el organismo, por ejemplo, cuanto más eficaz sea en la liberación de dopamina, más placer generará. Este placer repetido va creando expectativas muy sugerentes, que el cerebro busca iterar. Por eso es que es tan difícil abandonar la droga, ya que no es sólo un tema de voluntad, sino además de algo que afecta los circuitos neuronales y la fisiología básica del cuerpo asociados con los centros del placer y del dolor.

¿Qué hace que una persona se convierta en un adicto y otra no? ¿Sus cerebros son distintos desde antes de consumir droga o es el consumo lo que los distingue? Probablemente hay una mezcla de factores genéticos y ambientales que predisponen a una persona para que consuma drogas. Si consumen, nuevos cambios cerebrales ocurrirán que conducen de un modo altamente complejo a un estado de adicción. Algunos de estos cambios pueden ser de carácter reversible y otros de orden irreversible. En realidad, hasta aquí no se sabe mucho sobre esas posibilidades.

Una pregunta que emerge al darnos cuenta de la tremenda importancia que parece tener los factores neuroquímicos, es relativa al impacto del ambiente. El ambiente suele señalarse como un factor muy importante, y la explicación radica en una de las principales características de la adicción, el contexto. Hay contextos que favorecen la abstinencia y por ende, favorecen la adicción. Cuando desaparece el contexto, puede desaparecer la adicción. Esto es lo que explica al “fumador social”, o al que bebe alcohol bajo ciertas circunstancias. Lo que ocurre es que cada uno de los estímulos ambientales se asocia con los efectos de consumir la droga. El simple hecho de tener el estímulo activa el hecho de pensar en la droga y comenzar a desearla. Esto, de hecho, se señala como un factor determinante en la recaída de los que se abstiene de consumirla para tratar de resolver el problema. Normalmente un adicto, cuando ha decidido dar el paso de resolver su problema, se somete a un programa de desintoxicación, el que dura aproximadamente dos a tres meses. Una vez que abandonan este programa, vuelven a sus ambientes regulares y, si entran en situaciones donde existan esos estímulos, en ese momento se dispara la apetencia y se produce la recaída.

Y ¿qué ocurre con los adictos al chocolate, por ejemplo?. Casi un 10% de la población mundial se declara adicta al chocolate. En realidad, al igual que las drogas duras, el chocolate también posee propiedades muy parecidas y también interfiere en los centros del placer en el cerebro. La diferencia es que en el caso del chocolate, no ocurre el problema de la necesidad de aumentar la dosis, como es el caso de las drogas adictivas. Los mayores consumidores de chocolate posen un “estándar” con el cual se sienten confortables y no continúan más allá llegando a niveles que se consideren abusivos. Afortunadamente, el chocolate ha demostrado ser, hasta aquí, más que un alimento, pero menos que una adicción.

Ahora veamos qué se puede decir de las adicciones a ciertos comportamientos compulsivos. Hoy en día son regulares el trabajolismo, la adicción a los gimnasios, el juego, etc. Puede que sean procesos muy similares a los de la droga, pero hay que cuidar mucho la semántica cuando nos estamos refiriendo a estos procesos. Es preciso contextualizar cuando estamos observando estas “adicciones”. El juego, por ejemplo, es un comportamiento compulsivo, sobre el cual las personas muchas veces pierden el control: no pueden detenerse, exageran su comportamiento, generalmente para recuperar lo que han perdido, trastoca sus vidas, afecta a sus familias, etc. Se juega a costa de otras formas de refuerzo. El aspecto compulsivo de la adicción a las drogas es muy similar al aspecto compulsivo del juego. Esto además está comprobado a través de los estudios de neuroimágenes cerebrales, en las que se revelan situaciones similares para quienes juegan y para quienes consumen drogas. Los receptores de dopamina se ven alterados en los jugadores compulsivos al igual que en los adictos a drogas.

Para detectar a personas potencialmente adictas se están desarrollando muchos estudios, pero actualmente, ya se tienen algunos indicadores importantes: por ejemplo, las personas que son potencialmente adictas al consumo de drogas o a ser jugadores compulsivos, son personas cuya personalidad muestra rasgos de impulsividad en sus decisiones, en general no toman buenas decisiones, asumen riesgos exagerados, y, curiosamente, se corresponden con muchas de las características de personas que han sufrido daño en los lóbulos frontales del cerebro. El cerebro racional, el cortex no controla tan bien el centro del placer.

¿Por qué el cerebro actúa de este modo? En este ámbito ya estamos hablando de la vulnerabilidad. Por una parte se está predispuesto a un tipo de conducta, y, por otra, si se experimenta con las drogas, como cualquiera puede hacerlo bebiendo un trago, fumándose un cigarrillo, la respuesta, el efecto en algunos individuos es inmediatamente diferente.

Pero esto nos lleva a un ámbito ético respecto al trato a quienes hacen adicción, ya que si el cerebro actúa en forma diferente en un adicto que en un no-adicto, la manera en que se tratan puede ser injusta. Si alguien se convierte en un diabético producto de haber consumido exceso de azúcar durante la vida se le considerará un enfermo, y, del mismo modo en que el páncreas debe adaptarse a esta nueva situación con el azúcar, el cerebro de un adicto se adapta a esta nueva situación de exceso de dopamina, y también es un enfermo. Claro que un diabético se vuelve dependiente, y no adicto, de la insulina, pero se trata de enfermedades, e incluso, ambos recaen; el diabético de vez en cuando consume más azúcar de la conveniente, el adicto frente al estímulo ambiental también recae.

Un aspecto interesante de todo esto es que, en el ámbito terapéutico, por ejemplo los parches para dejar de fumar y la terapia psicológica tiene distintos efectos. El parche, una forma de terapia molecular, lo único que hace es eliminar los efectos nocivos de tomar las drogas. Si se recibe la nicotina a través de la piel en vez de inhalar humo y alquitrán, recibirla a través de la piel es mejor; pero no se consigue evitar ni eliminar la adicción a la nicotina. Indudablemente que una combinación de ambas cosas puede dar ciertos resultados mejores: el retiro de la nicotina a través de la piel y una estrategia para resistir las ganas de fumar. Pero el parche sólo o la metadona para la heroína solamente no eliminarán la adicción; solamente se trata de sustitución y no debe confundirse con un tratamiento. Aunque desde un punto de vista molecular cada vez se está avanzando más en este ámbito para reconocer qué es la adicción y qué causa la recaída.

Uno de los descubrimientos más impactantes es que la adicción es una enfermedad crónica, y todos los esfuerzos de investigación en la actualidad se están centrando en cómo evitar la recaída, ya que la droga podría estar afectando la expresión de nuestros genes, lo cual sí que constituye un problema de orden mayor en nuestro sistema social del futuro.

En opinión de algunos psiquiatras, también habría otro aspecto relevante a nuestro tiempo. La adicción normalmente responde a una necesidad de identificación de los individuos. Esto es especialmente importante en el contexto de las adicciones sociales, en donde el individuo requiere hacer su propio proyecto de vida, y la identificación sería el inicio de la adicción. Nunca antes se había podido gozar de tanta libertad como en la actualidad y todos podemos crear una identidad y nuestro propio estilo de vida. Las tradiciones ceden su paso a la individualidad. Sin embargo, esto tiene su lado oscuro, ya que en medio de todas las comodidades materiales también crece la sensación de inseguridad. Hay sentimientos de soledad y de vulnerabilidad, y para muchos, las acciones aparentemente inofensivas se convierten en vías de escape de la realidad. Incluso hoy, se habla de adicciones sutiles y difíciles de detectar, en la que la característica es una sustitución de las sustancias químicas por conductas obsesivas. Son las llamadas nuevas drogas del siglo XXI, en las que el sexo podría ser una de ellas: una vía de escape rápida y furtiva que permite sortear los problemas cotidianos. Hay muchas personas que se declaran adictos a la búsqueda de otros que les ayude a olvidar la soledad. Otro caso familiar en nuestros tiempos es la adicción a la delgadez. El estándar de belleza femenina se identifica con la belleza adolescente, y se obtiene como consecuencia la conocida anorexia. La adicción al ejercicio o vigorexia, por otra parte, lleva a millones de personas a “matarse” a ejercicios en un intento por sentirse aceptados en una sociedad cada vez más exigente en todos los aspectos. El trabajolismo se perfila como otra vía de escape al miedo generalizado. Ya no se trata de un bien colectivo sino de una cuestión individual en la que cada cual debe utilizar su ingenio y habilidades para competir contra los otros en la búsqueda de la seguridad económica y social. Esto genera un distanciamiento con la familia en pro de obtener una sensación (normalmente efímera) de control y de poder sobre sus vidas. La adicción al mall, en un mundo de consumismo exacerbado, es una de las más generalizadas en nuestra sociedad y, paradojalmente, “invisible y sutil”. La autoexigencia de ser perfectos como individuos lleva a muchos a comprar, mediante la adquisición de todo tipo de objetos, la imagen que quieren proyectar a los demás. Lo que mueve al comprador compulsivo no es tanto el objeto en sí mismo, sino el placer que se obtiene al poseer aquello que se anhela: un placer efímero pero muy intenso (muy similar al que causa la droga). Internet, constituye la última moda en adicción, ya que nos permite todo tipo de placeres: sexo, relaciones, compras, sin salir de casa y sin culpas. En un mundo donde la comunicación y la solidaridad son bienes escasos, la red de redes construye un entorno virtual y feliz, “a la carta”.

Otros especialistas plantean que nuestra sociedad ofrece una saturación de estímulos placenteros y los individuos tendrían una cierta dosis permitida orgánicamente de placer. Si se trasladan más allá de esa frontera comenzaría el costo de la adicción. Pero, en realidad, esa posición olvida que ya en los años sesenta, en que se descubrieron estos centros del placer se comprobó que si un mono sentía estímulos electroquímicos en los centros del placer podía olvidarse de comer, beber y tener sexo, lo cual implica que las dosis de placer a las cuales podemos movernos son ilimitadas.

Finalmente, es preciso añadir que debemos ser cuidadosos al momento de definir cuándo un comportamiento es adictivo y cuándo no lo es. Los contextos son muy importantes.

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Comentarios

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Excelente artículo. Gracias!

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Hola:

Me gusto mucho el articulo, yo trabajo en adicciones.

Queria saber si es podçsible obtener este ariculo en pdf.

Gracias!!!

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En mi caso estoy convencido de la plasticidad neuronal que nos otorga un componente adaptativo. En mi caso después de cambiar el ambiente social deje de fumar, ya más de dos años, luego de fumar he cambiado mi conducta social y mi actitud sicológica frente a la sociedad... bueno es un trabajo de largo plazo que implica generarse por si mismo un ambiente favorable... lo importate de estas posibilidades de cambiar es dejar al patron que nos encadena a la conducta circular, el motivo de la adicción para que nuestro cerebro sea capaz de podar los circuitos que están orietándonos a esa conducta

la familia, la amista y la pareja son buenos elementos que nos permiten cambiar el entorno y la conducta, todo depende de como nos acoplemos con el entorno...

lo demás es saber buscar el placer que nos motive a cambiar los otros placeres....

 

 

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Puede ser mejor cada vez que uno lo quiere así.





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oks estaré antenta a tu reflexion.

saludos

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me inclino por la segunda opcion.

 

saludos

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buenisimo el articulo... uno podria llegar a ser adicta a la vida???.

saludos un abrazo fraternal

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