Desde la segunda guerra mundial, el mundo vincula con fuerza los avances científicos de la física con los horrores que los científicos eventualmente pueden generar, como el caso de la bomba atómica. Algo similar ha ocurrido con la química, a propósito de la creación de gases tóxicos, sin dejar de mencionar las cámaras de gases utilizadas por el régimen de Hitler. La biología, en cambio, y su apéndice la biotecnología ha sido una de las ciencias que ha permanecido con una imagen limpia. Sin embargo, grandes discusiones de orden social han estados bajo el marco de esta ciencia: el aborto, la fertilización en vitro, la clonación, la reprogramación celular, entre otros.
Hoy día, con frecuencia estamos observando los grandes adelantos de la tecnología en nuestros propios escritorios. Y en estos adelantos resulta difícil ver con claridad la gran alianza que existe entre la ciencia, la tecnología y el poder político. El vínculo parecía ser, ingenuamente, de separatidad y subordinación tecnocrática, en donde la ciencia y la técnica avanzaban por su cuenta y el poder político por trayectorias separadas. Se pensaba, ilusamente, que los científicos a la verdad como los políticos a los valores. Sin embargo, es una ilusión, un espejismo tal separatidad, pues siempre han estado en alianza táctica y estratégica todos estos elementos clave del desarrollo y del crecimiento económico.
¿Cuál es la interacción real entre la ciencia, el derecho y la política? Hoy día hablamos de que estamos viviendo en la sociedad del conocimiento. En este marco, la transferencia de los conocimientos científicos y tecnológicos es algo de significativa relevancia. No obstante, si somos cuidadosos, la tecnología y la ciencia no se limitan a permitirnos hacer cosas, sino que también nos gobiernan.
En efecto, cuando estamos adquiriendo productos transgénicos, ¿acaso no estamos adquiriendo también el estilo de vida que rodea estos productos? Cuando estamos comprando un automóvil ¿acaso no estamos comprando todo un estilo de vida que depende de dicho automóvil?
Al levantarnos en la mañana, tocamos, vemos y olemos química. Y esto nos está ocurriendo durante todo el día. Lo primero que suena es el despertador, para el que debemos comprar pilas eléctricas, luego nos vamos al baño, en el que agregamos química a través de los cosméticos, el agua de colonia, la pasta de dientes. Enseguida vamos a desayunar más química en nuestro café (cafeína) y luego, vamos y subimos al automóvil, que también es pura química. Los 90 elementos se transforman en más de veinte millones de compuestos químicos que componen un abanico de enormes posibilidades. Desde las moléculas que emergen del azar hasta otras de laboratorio construidas con alta precisión, ambas nos inundan la existencia a través de todo nuestro acontecer. Los polímeros, el nylon, los antibióticos, fertilizantes y plaguicidas sintéticos son algunos de los ejemplos clásicos que han “facilitado”
Sin embargo, la propia química va resolviendo los problemas que derivan de sí misma, como el caso de los combustibles alternativos a la gasolina, o la creación y producción de medicamentos para enfermedades que hasta hace poco eran catalogadas de incurables. Química y física comparten la mala reputación que les proveen las experiencias atómicas hasta el bio-terrorismo, y a la vez, son el remedio de muchos males originados en sí mismas.
Hay que entender de una vez por todas que la ciencia y la tecnología no se desarrollan de forma universal, sino que contienen una fuerte carga cultural, una gran influencia política y una gran relación con el poder. La biología, que a los ojos de muchos es una disciplina inocente, no es la misma en Alemania que en otras latitudes. En nombre de la eugenesia, la intervención de los rasgos hereditarios para mejorar la humanidad, que se amparan en marcos que van desde personas más sanas e inteligentes hasta el alivio del sufrimiento humano se producen alianzas entre el Estado y
La verdad política y científica de fondo se recubren de verdades de superficie muy convincente y suficiente para continuar con su control. Veamos por ejemplo lo que hay técnicamente tras la muta-génesis forzada en la agricultura: Está demostrado que todos los organismos vivos son mutantes y poseemos una variabilidad que parecemos desconocer, especialmente cuando se trata de discutir estos temas. Cada vez que vamos a tomar sol y nuestras células son agredidas por los rayos ultravioleta, se producen cambios importantes que pueden ir desde la reparación celular autónoma hasta la degeneración celular que, en el extremo de la oxidación generan cáncer. En la agricultura, la muta-génesis forzada (aceleración de la mutación natural evolutiva) en plantas por ejemplo, en realidad, lo único que hace es tomar ventaja de ese proceso y acelerar las mutaciones que el organismo naturalmente haría de todos modos, y luego, utilizando la genómica, la tecnología de los chips de ADN o de marcadores, se aíslan, de entre los miles de decenas de miles de individuos, aquel o aquellos individuos que tiene la mutación en el carácter que se desea. Así, se tiene un individuo que es idéntico al original con unas pequeñas mutaciones, las que identificadas, permiten producir un nuevo organismo que es exactamente idéntico al original, y al cual no se le ha efectuado ninguna manipulación genética, pero con fortalezas evolutivas, mejores resistencias a determinados fenómenos o elementos, tamaño mejorado, productividad, variaciones en su balance nutricional, etc.
En otras palabras, la muta-génesis de las plantas nos hace alimentarnos como lo haríamos naturalmente en muchos siglos más, puesto que si la oxidación produce cáncer, deberíamos esperar que en varios siglos más el organismo produzca las mutaciones necesarias para producir sus propios antioxidantes en la cantidad y calidad necesaria para que no exista desequilibrio que lleve al cáncer. Este fenómeno social de muta-génesis se inició aproximadamente en el neolítico con la aparición de la agricultura moderna derivada de la domesticación de las plantas. Por lo tanto, estamos consumiendo alimentos “genéticamente manipulados” hace más de 60 mil años. Podríamos decir que estamos alimentando un organismo humano del siglo 21 con especies del siglo 25, ya que, al igual que en las plantas, nuestro propio organismo será capaz de efectuar mutaciones naturales que permitan en forma autónoma eliminar los desequilibrios que conducen a enfermedades en varios siglos más. ¿Y por qué sucede tal adelanto? Porque es rentable, privada y socialmente, la ciencia, la tecnología y la política constituyen una trilogía de poder extraordinariamente rentable, que no se fija en desequilibrios sino que, actúa perfectamente y en forma muy consistente con su evolucionar. ¿Acaso hay algún momento histórico que se destaque por sus equilibrios? Ni siquiera la llamada etapa de comunismo primitivo se salva de la emergencia de gérmenes de intereses contrapuestos. En su seno emergen nuevas formas de organizarse y de adaptarse evolutivamente.
¿Por qué es tan difícil convencer a la gente de la inocencia de los transgénicos desde un punto de vista científico? ¿Hay algo oculto tras estos avances? Desde un punto de vista, los científicos son inocentes en forma limitada, al indicarnos que un ingrediente determinado no es distinto del natural y, que por lo tanto, no va a actuar en el cuerpo de un modo diferente. Sin embargo, no pueden referirse a la inocencia social. Las cosechas transgénicas se introdujeron rápidamente en el mercado agrícola de Estados Unidos. Pero la organización agrícola estadounidense no es igual que la que poseen los países europeos. En USA se sigue una política agrícola de tipo industrial, de grandes y extensas explotaciones y casi no existen granjas familiares. Los cultivos se efectúan con gran eficacia.
Esto significa que tenemos que distinguir el entorno, porque la tecnología de los transgénicos adaptada para un entorno industrializado y altamente estructurado no puede tener los mismos efectos en otros entornos menos estructurados y atomizados.
Por otra parte, la inocencia científica emerge de una ¿percepción? limitada a la negatividad o positividad de los efectos, es decir, considera una única dimensión que está referida a si los alimentos transgénicos nos envenenan o no. Pero esta tecnología no es necesariamente inocente en términos sociales ni medioambientalmente, ya que se desconocen las consecuencias a largo plazo, como por ejemplo la sustitución que implican los monocultivos o cultivos uniformes respecto a la diversidad natural. A veces me pronuncio por la bioética de la precaución, es decir tomar caución anticipada y actuar con prudencia, especialmente cuando se trata de financiamiento privado de investigación biotecnológica, que va a conducir a beneficios igualmente privados. Con mayor razón si de trata de financiamiento público. Pero en otras oportunidades, me pregunto si acaso el propio fenómeno de la investigación biotecnológica y el desarrollo de la nanotecnología no son hechos inherentes a la propia “mutación” y evolución humanas, con sus pro y contras que llevarán a otras alteraciones y mutaciones naturales en el futuro.
Las personas, nosotros, tenemos nuestras propias ideas acerca de lo que es dañino y de lo que es inocuo. Por su parte, los científicos también poseen sus propios parámetros de lo dañino y de lo no dañino. Aunque puede reconocerse que nadie quiere, en el ámbito de la investigación pro-humana, descubrir ni realizar cosas dañinas, tampoco se tiene una verdadera idea de las preocupaciones de la gente.
Normalmente las regulaciones ponen en primer plano la seguridad humana, y en segundo lugar los problemas medio ambientales, generalmente forzados por las circunstancias y los hechos que ponen en tela de juicio los efectos, y, hasta aquí, las regulaciones nunca han puesto en plano alguno los riesgos sociales, ya que no existen ni métodos adecuados ni técnicas que hagan fiables los estudios acerca de estas cuestiones. Pero la verdad es que, si entendemos que se trata de gente inteligente, no queda otra cosa que concluir que el interés por lo social está bastante alejado del interés privado y que, por lo tanto, las regulaciones no considerarán nunca estos efectos, a menos que vean comprometido su poder y deban hacer alguna concesión.
Por otra parte, dado que muchas veces se ha “violado” la confianza pública, los alegatos en contra de estas prácticas tienden a solicitar que lo que se efectúe en materia científica permita recuperar esa confianza perdida, y ya no basta que los científicos expresen su seguridad acerca de un descubrimiento o de una creación científica, sino que se comprometan más activamente en ello. Pero todo eso no es más que la expresión de una cultura que continúa en la ingenuidad.
En general, las personas que no están en el poder sienten temor del ejercicio del poder, temen un impacto terrible de este ejercicio en términos de intimidación y de coacción. Psicológicamente no es más que la proyección de su propia naturaleza. Ahora, se agregaría un elemento que fortalece el poder y el temor opuesto, el poder de
Esto es un motivo de preocupación no menor. Aquí mismo en Chile, vemos día a día como se va estrechando la colaboración entre los tres frentes. Esto ha sido así siempre en el contexto de las fuerzas armadas y jamás ha sido transparente en el contexto de la tecnología para enfrentar conflictos bélicos. No existe ningún país en el mundo en el cual el público pueda acceder a estas decisiones, y los arsenales de guerra crecen sin que nadie sepa por qué ni a dónde se dirigen estas decisiones. Más aún hoy día, en que el poder combinado de la ciencia y el Estado se ven fuertemente activados y promovidos por la guerra “global” contra el terrorismo que postula Bush. Y la biología, la química y la física, además de la información, están al servicio de esta guerra global. Indudablemente, pedir una participación democrática en todo este tipo de cuestiones es más que difícil que sea satisfecha con respuestas idóneas, y probablemente seamos más bien objeto de los panópticos de Focault a escala mundial.
Pero ahora se agregarían ámbitos en los que no se trata de guerras solamente, sino derechamente asociados a la producción industrial y al control. Difícil parece ser que en cincuenta años más podamos contar con la poca autonomía y libertad personal que hoy tenemos. Yo creo que ya se está vigilando prácticamente todo lo que hacemos, así que dentro de muy pocos años más será posible vigilarlo todo. De hecho, entro en Google y lo que haga se almacena en algún lado. Pero es lo esperable, es la resultante de la propia evolución. Con esto no digo que dejemos pasar las cosas, puesto que actuaremos siempre en función de cuál es nuestro interés, así no vaya bien o mal, pero sí aclaro que no se trata de una sorpresa.
A algunos les surge la cuestión de que si acaso todas las preocupaciones de la bioética no están moldeadas por el poder de la política y realmente representan la voz de los ciudadanos. En la ingenuidad del pensamiento superficial se supone que la bioética debe reflejar el ámbito de los valores de las personas, y tales valores deberían explicitarse en las decisiones; pero, para los ilusos será paradojalmente y para los que viven la dialéctica social no lo es; lo que observamos es una emergencia de una bioética que suple necesidades políticas. Dada la relación ciencia-hechos y política-valores, en vez de observarlos como contra partes, lo que realmente observamos es que día a día se forman comités de bioética a nivel político y que también emergen en las industrias, en una fusión extraña para los ingenuos y nada extraña para los que leen con detención los hechos políticos. De hecho, los comités industriales de bioética son los más activos. Hasta la publicidad se sirve del discurso bioético. Esa emergencia de tanto comité de bioética desde la política y desde la industria no deja de ser sospechosa para muchos, al observar que más parecen comités de apoyo al cartel político-científico que real aporte representando los intereses públicos genuinos. La verdad es que no es nada sospechosa, sino directamente brutal en la instalación de un discurso que refleja la alianza político-científico-tecnológica y que se administra con bastante inteligencia. Así que la correlación entre el discurso bioético y lo que los ciudadanos quieren, es bastante relativa, y reitero ¡como siempre!. Especialmente en los temas referentes al aborto, la píldora del día después, la eutanasia y el de las células madres. No cabe duda de la influencia de la política sobre la elección de quienes hablan en nombre de los ciudadanos en los ámbitos de la bioética.
La democracia actual no es sinónimo de legitimidad ni de ética. Pero no importa. Eso no es más que un continuose de un empezose de hace muchos siglos atrás. Y la naturaleza sigue demostrando que en las luchas siempre ganará el más fuerte, entendiendo que la fuerza no siempre está del lado de los que poseen más recursos. Al final, la gran pregunta, de orden antropológico que me emerge, es si la biotecnología no forma parte de la propia biodiversidad y sus efectos no son más que producto natural de la evolución y sus mutaciones inherentes. En ese ámbito, la bioética no es más que una expresión cultural que también evoluciona junto a la permanente dialéctica de los opuestos, y que hoy, responde a la correlación de fuerzas políticas y económicas de turno en el poder como lo ha hecho en toda la historia humana.
Por eso es que creo el discurso bioético es un discurso que prefiero escucharlo con sumo cuidado, ya que nunca se sabe con certeza para quién trabaja y si acaso no es más que una expresión lingüístico-evolutiva más dentro del acontecer humano. El propio Humberto Maturana, en la práctica excluye de la biología del amor las relaciones contractuales por el trabajo, diciéndonos que no son relaciones sociales y que no hay que considerarlas como tales puesto que lo importante es el producto, no las personas. Esto me parece muy lúcido. Pero también dice que el amor es la emoción que funda lo social, como el ámbito de convivencia en el respeto por sí mismo y por el otro. La historia de nuestro linaje sería la historia de la vida social centrada en la consensualidad y en la cooperación, no en la competición ni en la agresividad, es la historia de la expansión de las capacidades para la consensualidad y














Comentarios recientes