REDES, TRABAJO EN RED Y SIGNIFICADO: UNA REFLEXION

Hoy en día escuchamos muchos términos asociados al concepto de redes, como Redes Locales, Redes de Area Ampliada, Redes Globales, Internet working, Web 2.0, etc.. Estos términos, definen un segmento de desarrollo tecnológico, que hoy día tiene un impacto social y económico muy grande, que a todas luces marca un cambio en la forma de pensar, actuar, trabajar y hasta las formas de descansar y divertirse.

Nuestro ambiente no es ajeno a este cambio. Todas las instituciones públicas y privadas, están abocadas a incorporar e implantar tecnologías de redes, que hagan más eficiente y eficaz las labores y servicios que hoy prestan.

Este artículo es una reflexión, mi subjetiva reflexión sobre el significado y la utilización de las Redes y Redes de Trabajo. Sin embargo, una nota de advertencia. Con mis hijas, cada vez que salimos a comer un simple sándwich a algún lugar público, hacemos el ejercicio de reflexionar si los sabores y la calidad de los ingredientes implicitan amor en lo que cocinó quien preparó ese alimento. Muchas de las veces el resultado es que se trata de un cocinero que vive en la inercia de sus preocupaciones y que en definitiva, no pone amor (y por ende conciencia) en lo que produce. Este mismo hecho nos lleva a deducir (o a intuir) que probablemente (aunque puede en apariencia parecerlo), tampoco pone real amor en las relaciones que le producen esas preocupaciones, viviendo así en un bucle que refuerza su inercia y sumisión traduciendo su vida en un aporte cada vez más pobre a su entorno. Esto mismo puede ocurrir en una organización, y, a pesar de contar con las tecnologías, y las definiciones formales para llevar adelante un buen trabajo en equipo junto a una comunicación real, si los participantes viven en la inercia y reducida conciencia del significado de sí mismos dentro de la organización y para con sus semejantes, entonces de nada valen esos ingredientes, y el “sabor” de lo producido, así como el como el clima laboral, serán insulzos.

Actualmente hay una variedad de técnicas que aportan ideas y métodos para construir redes de colaboración y para generar una mejor calidad del trabajo. Pero estas herramientas no le conducirán a nada si usted no reflexiona acerca de su propio rol de ser humano y las consecuencias que como ser gregario se derivan de la utilización de ellas, tanto sobre usted mismo como en los demás (incluyendo su entorno familiar). Usted puede ser un cocinero que vive en la inercia de su propio auto-desconocimiento o aquel que utiliza los mejores ingredientes y que se manifiestan en el sándwich de inigualable sabor para el que lo consume.

Personalmente, estoy a favor del trabajo en equipo, de la colaboración. Creo firmemente que las redes de trabajo pueden hacer significativas contribuciones a un mejor ambiente de trabajo, que toca positivamente al individuo, su entorno laboral y a su propio núcleo familiar. No obstante, estimo muy distinto tomar esas opciones desde nuestra propia conciencia de seres gregarios que unificamos el esfuerzo para mejorar nuestra propia condición humana y calidad de vida haciéndonos cargo responsablemente de lo que hacemos, que trabajar sin pensar, desde los espacios ajenos y con base en la sumisión inconsciente. Cuando pensamos en redes, existe la tentación de obtener mayor control (como expresión del ego) como también de caer en facilismos que nos hacen creer que todo será más expedito y mejor. Por supuesto que puede serlo, pero una mala definición, proveniente de una inconciencia del significado de las redes y su influencia (el que sistémicamente trasciende mucho más de lo que usted imagine) sobre nuestro propio estilo de vida, el de nuestros congéneres y sobre la calidad de nuestra labor, puede generar costos que no siempre están “visibles”.

De aquí que, se trata de una herramienta de gran significado en varios ámbitos (personal, laboral, social, familiar), por lo que debe pensarse con la máxima seriedad y responsabilidad y no sólo como una tarea más sobre la cual hay que operar en forma rutinaria y mecánicamente. Por las mismas razones, es que no sólo debemos exponer las virtudes de una red de trabajo, sino también plantear los aspectos “invisibles” sobre los cuales hay que reflexionar para llevar a cabo una red humanamente viable y efectiva y no una telaraña sin sentido.

Vamos hacia un planeta cuya mente será la resultante de la simbiosis entre el ser humano y los computadores y máquinas cibernéticas. Y esto va en serio. Hace más de 30 años que ya algunos pensadores sistémicos vienen planteando lo que hoy ya se está cumpliendo. Habrá una “mente”, invisible pero presente, que regulará los sistemas, los cuales inevitablemente funcionarán en redes. Si la organización ni sus miembros no reflexiona ni participa de estas cuestiones se verá expuesta a ser un “usuario” más y no un protagonista dentro de este ensamblado complejo y caótico conformado por un gran sistema de redes. Y me refiero a ser protagonista en su ámbito particular. Tendrán primero los beneficios quienes visionariamente desarrollen mecanismos de colaboración efectivos, de los cuales se desprenderán formas efectivas de comunicación y de trabajo colaborativo, constituyendo aquellos los factores diferenciadores en el mercado o entorno que se desenvuelvan.

Vamos hacia ese mundo vertiginosamente. Por ello vale la pena estar conscientes y cocinar con amor el porvenir.

La analogía entre los espacios de encierro

Hace ya años que Michel Foucault reconoció una relación analógica entre los diferentes espacios de encierro –familia, escuela, fábrica, cárcel, hospital, manicomio, asilo, cuartel, etc. del siglo XIX y primeros del XX. La analogía (o mejor dicho: identidad) no se encuentra evidentemente en los objetivos de cada institución –que son distintos–, sino en la estructura de poder, en la forma del sistema de poder. En ese sentido, según han observado algunos autores, la forma-fábrica sería el paradigma que corresponde a este modelo social «disciplinario»: la sociedad organizada en torno al trabajo productivo, de acuerdo con la ley del valor (la medida en tiempo del trabajo individual productivo), garantizándose la cohesión social por medio de la espesa red de coerciones disciplinarias que despliegan instituciones normativas como las antes citadas.

Sin embargo, desde hace ya tiempo vivimos cambios de este modelo disciplinario, de la sociedad-fábrica y, en general, de las instituciones de encierro.

Reconversiones y reformas

Todas estas instituciones sufren reconversiones y reformas por parte de los gobiernos y las organizaciones públicas o privadas, para mitigar los efectos traumáticos de su quiebra o bien, para reformular realidades que no pierdan su papel central, que no languidezcan, y que no se extingan.

¿Redes de Trabajo o Panópticos?

No obstante, estas mutaciones que se suceden en la forma de ejercitar el dominio implican la desaparición y/o reinvención de todo el arsenal de recursos de una sociedad de corte disciplinario. Por ejemplo, el sueño de J. Bentham –el panóptico: una estructura arquitectónica que permitiría a un sólo individuo vigilar a todo el mundo–, que se consumó jurídicamente en los Estados modernos el siglo pasado, es posible que se haga realidad no sólo jurídicamente, sino también materialmente, gracias a las inmensas posibilidades que proporcionan la informática y la telemática. Sin ir más lejos, el centro de pantallas de la Dirección General del Tránsito en Chile es un panóptico con el que se controlan visualmente todas las salidas, accesos y principales calles del centro de Santiago. Por otro lado, toda una serie de categorías profesionales continúan incorporándose al ejercicio de tareas policíacas cada vez más precisas y eficaces: profesores, médicos, psicólogos, periodistas, psiquiatras, sociólogos, educadores y trabajadores sociales... Lo cual refuerza y actualiza sin duda las estructuras de encierro. Creía que estaba encerrado bajo el dominio clásico de poder y control centralizado, y creo que ahora ya tengo poder y he salido del encierro, pero, si estoy dormido, mis propias colaboraciones en este blog podrían ser los actos inconscientes necesarios que requiere el poder para reforzar normas de sumisión, de sometimiento “invisible” entre yo mismo y mis relaciones, claro está que ahora, bajo el paraguas de la “difusión del conocimiento”. Esto sin contar con que, dentro del esquema invisible de reforzamiento doctrinario, además expongo mi intelecto para ser aprovechado de manera eficaz por el capital vigilante y expectante en el ámbito de lo creativo-productivo.

El recambio para ese paradigma disciplinario hoy en reconversión más que en una verdadera crisis parece estarse constituyendo en torno a la llamada «sociedad de control», noción sugerida por el escritor William Burroughs. En general, la sociedad de control se caracterizaría por el ejercicio difuso del poder, que, a diferencia de la sociedad disciplinaria, se extiende a todo el territorio y ya no pasa prioritariamente por instituciones normativas y autoritarias que actúan «externamente» sobre la voluntad individual, sino que consiste más bien en una red flexible que constituye a los ciudadanos y los implica en sus estrategias globales, movilizándolos a través de las respectivas tácticas locales. Para que el sistema funcione «desde dentro» se requiere que la movilización general no se produzca de forma impositiva desde un Centro o torre de control, sino que el sujeto movilizado debe convertirse desde su metro cuadrado correspondiente en colaborador activo (llegado el caso, en delator, o eufemísticamente en un “csensor” de la red; (la cs no es falta de ortografía), en microcentro o centro subsidiario, en estación repetidora y amplificadora del ruido informativo y del «discurso de verdad», para lo cual necesita una libertad de movimientos, una autonomía, que el esquema disciplinario no permite con facilidad.

La falsa autonomía

Desde ese momento, la autonomía se convierte en un dato –en un «prerrequisito ontológico», en una condición previa para las estrategias de control. El “toyotismo” en la fábrica, los círculos de calidad, el salario según productividad y mérito, la oposición y la competencia entre iguales, en fin, la sustitución del concepto de fábrica por el de empresa, el neocorporativismo («todos somos un equipo»), la «descentralización» (y consiguiente proliferación de centros subsidiarios), son algunos de los hitos bien estudiados de este profundo cambio a escala productiva.

Hago esta reflexión porque considero muy interesante tener en cuenta estas transformaciones de lo social a la hora de plantearse formas de cooperación. Creo en una cooperación insumisa, liberadora, creo en la voluntad de colaborar y de trabajar unificando esfuerzos, pero al mismo tiempo me doy clara cuenta de que para ello es preciso una profunda toma de conciencia acerca de quiénes somos en realidad y dónde nos encontramos parados. De no ser así, seguiremos funcionando con categorías totalmente obsoletas, como les sucede a los sindicatos cuando demandan la reconstrucción de los cordones industriales, a los políticos «alternativos» cuando hablan de redefinir la «izquierda» o «derecha» (y piensan en partidos de nuevo tipo), a nosotros mismos cuando seguimos situando en el centro de nuestra actividad la lucha contra las disciplinas y los espacios de encierro. Por ejemplo, la lucha contra todo aquello que no nos gusta, por muy radical y crítico que sean nuestros planteamientos, tiene el inconveniente de que se sitúa en el mismo terreno del modelo disciplinario: como lo plantea Foucault, el discurso disciplinario no se rige por las leyes del derecho, sino por la norma, esto es, por medio de mecanismos y técnicas de dominio que no aparecen explícitamente como ejercicios coercitivos, sino como reglas naturales. Ante un atropello de los mecanismos disciplinarios, tradicionalmente se ha opuesto el discurso de los derechos soberanos del individuo, el discurso «garantista», que lucha para que el poder no sobrepase los términos jurídicamente establecidos. Sin embargo, esa oposición represión/soberanía, basada en criterios contractuales, es del todo inoperante: hoy día, el derecho está completamente invadido por los mecanismos de normalización y por los discursos nacidos de las disciplinas. Por ello, a la mayoría le cuesta darse cuenta de la paradoja de que, cuando nos oponemos dentro del mismo sistema, somos tan sólo el otro lado, la otra cara de una misma moneda, porque en definitiva las revanchas dentro de un mismo esquema no son ni más ni menos que exactamente lo mismo que rechazamos con otro rostro. Para salir de este círculo se requiere de un salto no lineal, de algo que supere la filosofía de la dialéctica o del yin/yang y nos lleve a otras categorías de integración.

En mi experiencia profesional, día a día me encuentro con la típica exigencia de la mayoría de los miembros de una organización por contar con «más información» («¡queremos saber!»), por tener «todos los datos» para poder opinar o criticar o denunciar. Frente a estas demandas, más de una vez he pensado que acaso no sería más sano hacer un esfuerzo por estar desinformados, deseducados, desconectarnos del entubamiento audiovisual y poder así, protegidos del ruido ensordecedor que provoca la saturación informativa, vivir de un modo más auténtico que permita conocer los discursos ocultos, los «saberes sometidos» no calificados o descalificados que fluyen por debajo del totalizador (y movilizador) discurso de verdad. Participar en una red tiene enormes ventajas y beneficios, pero también puede ser la fuente de “engorda” de una base de datos que sirva a cualquier fin.

De hecho, hoy día las estrategias flexibles de la sociedad serían difícilmente viables sin el desarrollo electrónico e informático. La abrumadora cantidad de información que se puede manejar y tratar hoy día no es más que una mínima parte de la potencia que los ordenadores alcanzan con el desarrollo de la inteligencia artificial –que, según algunos autores, permitirá entre otras cosas, su propio autoaprendizaje, lo que hace difícil imaginar cuál es el límite potencial de esos nuevos mecanismos. Las tarjetas electrónicas, el número del rol tributario o de identificación, entre otros dispositivos, pueden convertirse a medio plazo en mecanismos aparentemente inocuos de uso cotidiano que permitan el control permanente y selectivo en todo momento de cualquier individuo, sin necesidad de ejercer ningún tipo de violencia física o disciplinaria.

De hecho, para casos socialmente extremos –los presos– ya se están empleando a modo de prueba pulseras electrónicas que, abrochadas en un tobillo, permiten tener localizado a su portador en todo momento, como alternativa (parcial) al encierro penitenciario.

Para no pintar un horizonte de control omnímodo demasiado pesimista, es bueno señalar que los sistemas complejos, si bien se muestran cada vez más invulnerables a las modos tradicionales de resistencia, pueden colapasarse irreversiblemente a partir de formas locales y muy minoritarias de respuesta, provocando reacciones en cadena a partir de fuerzas despreciables o de errores infinitesimales (la mariposa que con su pequeño aletear desencadena una tormenta en Boston).

Por ejemplo, cuanto mayor es la dependencia del mando con respecto a los ordenadores, también le hace más vulnerable a formas de sabotaje anónimas, nada estridentes y muy difíciles de localizar, como la entrada en redes informáticas restringidas, los virus informáticos, el pirateo y otras formas de sabotaje con que los hackers desafían los sistemas estatales y a las grandes corporaciones privadas. Además, el espacio social autónomo que va sustituyendo a las viejas instituciones normativas requiere de la colaboración individual consciente –ya que deja de existir un centro consciente diseñador de estrategias– e incluso, como sugiere Henri Atlan, precisa de errores y disfunciones para subsistir, lo que se convierte en una tarea progresivamente más difícil de llevar a la práctica sin dificultades, a causa de la tremenda y creciente complejidad del propio sistema.

Por su parte, las tecnologías de la información tienen una doble cara y permiten múltiples usos alternativos que –sin caer en «utopías informáticas»– no deberíamos desdeñar, como son la transmisión y recepción inmediata de información a cualquier parte, la comunicación sin mediaciones a través de redes de ordenadores conectados telefónicamente, la posibilidad de tener acceso a datos, tratarlos, hacer trabajos de autoedición como este mismo texto, dar pie a la expresión creativa a través de una herramienta que ofrece posibilidades que antes no estaban a nuestro alcance, o que costaban mucho dinero y, sobre todo, desmitificar los ordenadores mismos y no dejarse apabullar por la imagen mítica e interesada de artefactos todopoderosos. De hecho, hay un número indeterminable de usuarios de las redes informáticas que están ya utilizando esa tecnología con fines no siempre relacionados con el trabajo, ocupándose de intereses particulares ajenos a la empresa, estableciendo espacios autónomos con relaciones laterales, no jerárquicas, entre ellos e, incluso, propiciando actividades antagonistas en el interior de esas redes oficiales. Situación compleja donde gravitan lógicas de ruptura y discontinuidad social y donde se atisba una imbricación en el seno de lo social entre dos flujos divergentes: uno que trata de conservar y canalizar lo instituido y otro que lo desborda, lo desprograma y lo disuelve. Ambas lógicas a menudo convergen y chocan en sujetos sociales anómalos e innovadores, lo que puede llegar a producir cortocircuitos y apagones en el propio mando.

En fin, todo un nuevo imaginario social que provoca un movimiento incesante, discontinuo y difuso, de tipo molecular, entre sujetos y masas grupales, articulando nuevas y movedizas figuras de lo social (que no son identidades ni bloques sociales a la clásica, o que están en progreso hacia nuevas identidades), contrafuegos y respuestas locales, que a menudo hace definitivamente disfuncionales las viejas categorías al uso de izquierda/derecha, manual/intelectual, individual/colectivo, etc. A veces tengo la sensación de que estamos ante una mutación de lo social, en un espacio sin referencias: un espacio alejado de las tradicionales formas organizativas representativas y jerárquicas, y me seduce a instantes Zigmut Bauman, pero me doy cuenta que es una ilusión provocada por la óptica del movimiento.

Por lo tanto, se precisa una mirada más genuina, más desde el centro de nuestro propio ser, desde nuestra conciencia de seres humanos, que nos oriente hacia formas de organizarnos que realmente puedan significar un beneficio y un aporte a la calidad de vida, y no un continuose de la inercia pero con herramientas modernas.

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Comentarios

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gracias por los articulos tan interesantes

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re-leí 3 veces y me encantó!! Gracias x explicar tan bien para que sirve y como hacer un trabajo en redes, lo pondre en practica...

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excelente  bien

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Me parece una mierda de blog tio no explicas nada no das a enter ni una aaa aha ahah aàha esty mu loco =)

Qie que est bien ombre =) 

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No aporta casi nada del trabajo en red y no lo explica con presicion, divaga mucho. Aclaren. Trabajo en red es tal cosa, se trabaja asi, las tareas que hace cada uno pueden ser, es trabajo en equipo?, es asociacion de empresas? como? cada una se maneja por su cuenta o tienen un administrador comun?, expliquen bien el tema que si no, no aporta nada

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NO ME QUEDO CLARO PENSE QUE AKI IBA A ENCONTRAR LO QUE SON LAS REDES DE TRABAJO
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nesesito un dibujo d la red d trabajo xfavor manden uno grax...^^

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fghfghhghfgh

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