La terapia es un ritual. Y el ritual es una acción sagrada, al igual que respirar, caminar, acostarse, comer, beber , etc. Se trata de un ritual, no en el sentido típico que se entiende el término, sino en un sentido experiencial. Si, por ejemplo, estamos bebiendo agua, al no pensar y hacernos uno con el vaso de agua y su contenido líquido, se está cumpliendo un ritual, es decir se está experienciando el beber, sin pensar en ello; sólo disfrutando del líquido sin más. La terapia, lo es en el sentido de experienciar un espacio específico; un espacio vacío dice la terapia Zen. Un espacio que ya está, y que no lo hemos creado, pero lo hacemos visible al demarcarlo.
Podríamos creer que lo que cura, lo que sana es todo aquello que utilizamos para llenar ese espacio: los actos, el discurso, las interpretaciones, las reflexiones, la dramatización, etc. Y esto que digo no es nada trivial. Hoy en día ponemos mucha confianza en las cosas que llenan la vida. Sin embargo, nada de eso resulta útil o siquiera posible sin el espacio original en el que todo se encuentra. Lo demás son simples adornos del vacío. Al final, regresar una y otra vez, inevitablemente, al fértil vacío, al silencio, a la soledad hará emerger, gestar y crecer.
Este espacio es tan importante, que ambos, terapeuta y cliente deben vaciarse. Si el terapeuta se vacía, hace posible que el cliente también lo haga, para así configurar un espacio que posteriormente podrá ser llenado.
La salud, al fin de cuentas es una cuestión de disponer de espacio. En Japón, la llamada psicología humanista de Carl Rogers ha sido muy bien acogida, justamente porque propicia ese espacio. Pero, la psicología en Japón posee una muy fuerte influencia del Zen, lo que permitió que un gran conocedor de la obra de Rogers, Fujio Tomoda replanteara algunos aspectos importantes de Rogers. En efecto, a los japoneses les interesó sobremanera el método de Rogers por no ser directivo y otorgar al cliente una considerable libertad. No obstante, estudiando el famoso caso de Bryan que Rogers muestra en su libro Counseling and Psychotherapy, Tomoda dió un vuelco extraordinario en lo que se refiere a lo que los terapeutas hacen realmente versus las teorías que mantienen.
Tomoda observó concienzudamente lo que expresaba el señor Bryan. Notó que en diversas ocasiones se refería a la necesidad de encontrarse en una "vacuidad", un estado de soledad. Y también notó que el terapeuta (que nadie sabe quién es, pero podría haber sido el mismo Rogers), cada vez que el señor Bryan se refería a esta vacuidad o soledad, respondía, o bien con una reacción de neutralidad o bien de forma negativa. Esto es equivalente a "no saber qué hacer" o bien a decirle: "no piense así". En teoría lo que podría haber estado haciendo el terapeuta es adoptar una posición de no injerencia. Pero hay que reconocer que en el caso de terapeutas occidentales no existe mucho entusiasmo en cuanto a que una condición solitaria o vacua pueda ser curativa. Y efectivamente, en el caso del señor Bryan sale a relucir este prejuicio.
Tomoda, un observador fino, descubrió que las expresiones de Bryan eran realmente las fundamentales y que, en ese momento, constituían la única verdad de una persona. Bajo esta observación Tomoda se mostró crítico ante la incapacidad del terapeuta de reconocer cuán importante era la comprensión de Bryan en ese momento.
Para Tomoda, el verdadero salto o crecimiento de la persona ocurre cuando ésta se encuentra completamente sola. Esto es una diferencia crucial entre Rogers y Tomoda. Es cierto que la persona consolidará su salto o crecimiento a través de sus relaciones humanas o en el mundo concreto en el cual vive. Pero no es allí donde tiene lugar el auténtico crecimiento. Al igual que en el Zen, ni más ni menos. Tomoda rescata la técnica rogeriana como una gran ayuda que facilita al cliente el acceso a un estado de absoluta soledad, y no para ser llenado.
Esta reinterpretación del método rogeriano es muy significativa. Mientras que Rogers consideraba que la efectividad del método es atribuible a la cercanía de la relación que el terapeuta permite, Tomoda plantea que el factor crucial es algo muy distinto: estar solo. En otras palabras, Tomoda rescata el concepto de unicidad en el cual se encuentra el cliente cuando está completamente solo como el que permitirá dar el salto.
Cuando Tomoda dice "estar completamente solo", se refiere a que el cliente está en un estado tal, que todos sus pensamientos, imágenes, nervios, tensión, etc. los "vacía" en el terapeuta para que se haga cargo de esos "extraños" internos, y él (cliente) sentirse liberado para proseguir en su búsqueda interior sin interferencia alguna. Ese es el rol del terapeuta: facilitar la vía a la soledad, es decir, crear un espacio de una cualidad singular tal que permita al cliente verse libre. De allí, Tomoda llamó a su descubrimiento la "vacuidad de Bryan" y hoy es una de los ejes fundamentales de la psicología japonesa.
Tomoda sugiere, pues, que hay una forma de estar con otra persona que facilita el acceso a esa clase de soledad, que son las que plantea Rogers, pero no para ser llenada, sino para aquietar la mente y crear un espacio apropiado para que la persona vaya en su propia búsqueda.
Este enfoque es vital. Y me parece a mí que es útil no sólo en la terapia, sino además en el coaching, en las dinámicas organizacionales, en los procesos creativos, en las definiciones de una hipótesis, por citar algunos.

























Tu articulo me parecio muy clarificador y sostiene un punto de vista distinto al que estamos acostumbrados.
Agradeceria si me podes sugerir donde encontrar informacion de Tomoda (en el pdf que recomendas no hay mucho).
Para quienes este interesados en el tema recomiendo el libro Terapia Zen de David Brazier (sobre todo el capitulo 2) año 1997 de editorial Desclee De Brouwer.
Saludos cordiales